"Sepamos unirnos para construir una sociedad mas justa, donde el hombre no sea lobo del hombre, sino su compañero y su hermano." Agustin Tosco
lunes, 8 de noviembre de 2010
En defensa de la contemplacion
Ante el asombro, ante la duda o ante las situaciones limites, el hombre se detiene a contemplar el mundo y a tratar de entenderlo. Crea entonces teorias, valiendose de mitos y de meteforas, dependiendo de cuales sean sus teorias tratara, o no, de cambiar su actitud e insitar, o no, a otros a hacer lo mismo. Asi nacieron las religiones e ideologias mas diversas, pero tambien asi se escribieron hermosos poemas de amor. Esto fue admirado por todos los hombres una vez pasado el tiempo, sin embargo, el poeta, el filosofo y el religioso (como el profeta), en su tiempo y en su ambiente son considerados locos. Asi tenemos en los inicios de la filosofia a la muchacha tracia riendose de Tales de Mileto, que cayo a un pozo mientras contemplaba el cielo. Cuantas muchachas tracias hay hoy en dia!, imaginense a un obrero que trabaja en una fabrica, con el trabajo alienado que describe Marx, depronto sorprendido por cirscuntancias de su vida, se pregunta en voz alta: "¿por que existe el ser y no mas bien la nada?", ¿no sera acaso tomado por loco por sus compañeros?. Es que tal vez el ambiente laboral no es el propicio para la contemplacion. La sociedad en la que vivimos hoy es la de la mera persecusion de fines utiles, el ritmo agitado de vida, las nuevas e innumerables necesidades creadas por nuestra cultura por medio de el constante ataque dado desde los mass media no dejan tiempo al ocio y por lo tanto no dejan lugar a la contemplacion, dejando fuera de lugar a cualquiera que intente hacer verdadera filosofia, mientras encambio abre de par en par las puertas a los pseudofilosofos, a los pseudoreligiosos y a los pseudopoetas, que se venden a la sociedad de consumo, ofreciendo sus pensamientos como meras mercancias. Desde este punto de vista podriamos activar enseguida una teoria que hable de como cambiar la sociedad, utilizando los beneficios de la tecnica para reduccir el tiempo de produccion de las personas dandole asi tiempo de ocio, que puede ocuparse en la contemplacion, pero tambien en el deporte, o en cualquier otra actividad provechosa. Pero no es mi idea profundizar en este sentido, en cambio los invito a ustedes a reflexionar sobre esto. ¿En que ocupamos nuestro tiempo?. "No solo de pan vive el hombre...", pensemos en esto y veamos como podemos ocupar nuestro tiempo dandole mas lugar a nuestras necesidades espirituales y de contemplacion. Buenas tardes.
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Nahuel Pavicich
domingo, 24 de octubre de 2010
El gobierno de los derechos (in)humanos
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martes, 12 de octubre de 2010
viernes, 1 de octubre de 2010
jueves, 16 de septiembre de 2010
Pérdida y recuperación del pelo (Julio Cortazar)
Para luchar contra el pragmatismo y la horrible tendencia a la consecución de fines útiles, mi primo el mayor propugna el procedimiento de sacarse un buen pelo de la cabeza, hacerle un nudo en el medio y dejarlo caer suavemente por el agujero del lavabo. Si este pelo se engancha en la rejilla que suele cundir en dichos agujeros, bastará abrir un poco la canilla para que se pierda de vista.
Sin malgastar un instante, hay que iniciar la tarea de recuperación del pelo. La primera operación se reduce a desmontar el sifón del lavabo para ver si el pelo se ha enganchado en alguna de las rugosidades del caño. Si no se lo encuentra, hay que poner en descubierto el tramo de caño que va del sifón a la cañería de desagüe principal. Es seguro que en esta parte aparecerán muchos pelos, y habrá que contar con la ayuda del resto de la familia para examinarlos uno a uno en busca del nudo. Si no aparece, se planteará el interesante problema de romper la cañería hasta la planta baja, pero esto significa un esfuerzo mayor, pues durante ocho o diez años habrá que trabajar en algún ministerio o casa de comercio para reunir el dinero que permita comprar los cuatro departamentos situados debajo del de mi primo el mayor, todo ello con la desventaja extraordinaria de que mientras se trabaja durante esos ocho o diez años no se podrá evitar la penosa sensación de que el pelo ya no está en la cañería y que sólo por una remota casualidad permanece enganchado en alguna saliente herrumbrada del caño.
Llegará el día en que podamos romper los caños de todos los departamentos, y durante meses viviremos rodeados de palanganas y otros recipientes llenos de pelos mojados, así como de asistentes y mendigos a los que pagaremos generosamente para que busquen, separen, clasifiquen y nos traigan los pelos posibles a fin de alcanzar la deseada certidumbre. Si el pelo no aparece, entraremos en una etapa mucho más vaga y complicada, porque el tramo siguiente nos lleva a las cloacas mayores de la ciudad. Luego de comprar un traje especial, aprenderemos a deslizarnos por las alcantarillas a altas horas de la noche, armados de una linterna poderosa y una máscara de oxígeno, y exploraremos las galerías menores y mayores, ayudados si es posible por individuos del hampa, con quienes habremos trabado relación y a los que tendremos que dar gran parte del dinero que de día ganamos en un ministerio o una casa de comercio.
Con mucha frecuencia tendremos la impresión de haber llegado al término de la tarea, porque encontraremos pelo (o nos traerán) pelos semejantes al que buscamos; pero como no se sabe de ningún caso en que un pelo tenga un nudo en el medio sin intervención de mano humana, acabaremos casi siempre por comprobar que el nudo en cuestión es un simple engrosamiento del calibre del pelo (aunque tampoco sabemos de ningún caso parecido) o un depósito de algún silicato u óxido cualquiera producido por una larga permanencia en una superficie húmeda. Es probable que avancemos así por diversos tramos de cañerías menores y mayores, hasta llegar a ese sitio donde ya nadie se decidirá a penetrar: el caño maestro enfilado en dirección al río, la reunión torrentosa de los detritos en la que ningún dinero, ninguna barca, ningún soborno nos permitirán continuar la búsqueda.
Pero antes de eso, y quizá mucho antes, por ejemplo a pocos centímetros de la boca del lavabo, a la altura del departamento del segundo piso, o en la primera cañería subterránea, puede suceder que encontremos el pelo. Basta pensar en la alegría que eso nos producirá, en el asombrado cálculo de los esfuerzos ahorrados por pura buena suerte, para escoger, para exigir prácticamente una tarea semejante, que todo maestro consciente debería aconsejar a sus alumnos desde la más tierna infancia, en vez de secarles el alma con la regla de tres compuesta o las tristezas de Cancha Rayada.
Sin malgastar un instante, hay que iniciar la tarea de recuperación del pelo. La primera operación se reduce a desmontar el sifón del lavabo para ver si el pelo se ha enganchado en alguna de las rugosidades del caño. Si no se lo encuentra, hay que poner en descubierto el tramo de caño que va del sifón a la cañería de desagüe principal. Es seguro que en esta parte aparecerán muchos pelos, y habrá que contar con la ayuda del resto de la familia para examinarlos uno a uno en busca del nudo. Si no aparece, se planteará el interesante problema de romper la cañería hasta la planta baja, pero esto significa un esfuerzo mayor, pues durante ocho o diez años habrá que trabajar en algún ministerio o casa de comercio para reunir el dinero que permita comprar los cuatro departamentos situados debajo del de mi primo el mayor, todo ello con la desventaja extraordinaria de que mientras se trabaja durante esos ocho o diez años no se podrá evitar la penosa sensación de que el pelo ya no está en la cañería y que sólo por una remota casualidad permanece enganchado en alguna saliente herrumbrada del caño.
Llegará el día en que podamos romper los caños de todos los departamentos, y durante meses viviremos rodeados de palanganas y otros recipientes llenos de pelos mojados, así como de asistentes y mendigos a los que pagaremos generosamente para que busquen, separen, clasifiquen y nos traigan los pelos posibles a fin de alcanzar la deseada certidumbre. Si el pelo no aparece, entraremos en una etapa mucho más vaga y complicada, porque el tramo siguiente nos lleva a las cloacas mayores de la ciudad. Luego de comprar un traje especial, aprenderemos a deslizarnos por las alcantarillas a altas horas de la noche, armados de una linterna poderosa y una máscara de oxígeno, y exploraremos las galerías menores y mayores, ayudados si es posible por individuos del hampa, con quienes habremos trabado relación y a los que tendremos que dar gran parte del dinero que de día ganamos en un ministerio o una casa de comercio.
Con mucha frecuencia tendremos la impresión de haber llegado al término de la tarea, porque encontraremos pelo (o nos traerán) pelos semejantes al que buscamos; pero como no se sabe de ningún caso en que un pelo tenga un nudo en el medio sin intervención de mano humana, acabaremos casi siempre por comprobar que el nudo en cuestión es un simple engrosamiento del calibre del pelo (aunque tampoco sabemos de ningún caso parecido) o un depósito de algún silicato u óxido cualquiera producido por una larga permanencia en una superficie húmeda. Es probable que avancemos así por diversos tramos de cañerías menores y mayores, hasta llegar a ese sitio donde ya nadie se decidirá a penetrar: el caño maestro enfilado en dirección al río, la reunión torrentosa de los detritos en la que ningún dinero, ninguna barca, ningún soborno nos permitirán continuar la búsqueda.
Pero antes de eso, y quizá mucho antes, por ejemplo a pocos centímetros de la boca del lavabo, a la altura del departamento del segundo piso, o en la primera cañería subterránea, puede suceder que encontremos el pelo. Basta pensar en la alegría que eso nos producirá, en el asombrado cálculo de los esfuerzos ahorrados por pura buena suerte, para escoger, para exigir prácticamente una tarea semejante, que todo maestro consciente debería aconsejar a sus alumnos desde la más tierna infancia, en vez de secarles el alma con la regla de tres compuesta o las tristezas de Cancha Rayada.
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jueves, 9 de septiembre de 2010
sábado, 4 de septiembre de 2010
Todos atras y Dios de 9 (Los caballeros de la quema)
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